Viernes, 10 de septiembre de 2010
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PALABRAS DE ESPERANZA

03/03/2010
Miércoles Semana II de Cuaresma

EVANGELIO DEL DIA
Mateo 20,17-28

En aquel tiempo, mientras iba subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo por el camino:
- Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará.
Entonces se le acercó la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición.
Él le preguntó:
- ¿Qué deseas?
Ella contestó:
- Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.
Pero Jesús replicó:
- No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?
Contestaron:
- Lo somos.
Él les dijo:
- Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquéllos para quienes lo tiene reservado mi Padre.
Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo:
- Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.

REFLEXIÓN
Una madre siempre es una madre, y quiere lo mejor para sus hijos... aunque la madre de los Zebedeos no sabía lo que estaba pidiendo. Y es que sus hijos, Santiago y Juan, la habrían informado mal.

¿Pedir a Jesús honores en su Reino? Claro que los tendrían, y beberían del mismo cáliz del Señor. Pero antes de que hubiera cálices hermosos de oro, el cáliz de la Pasión de Jesús estaba hecho de madera de cruz y con el vino amargo del sacrificio y de la muerte. El AMOR, el de las letras mayúsculas, el de Cristo, el de Dios por nosotros, el de Dios con nosotros, se traduce en caridad, servicio... O sea, en tomar la cruz del Señor y seguirle.

Los puestos de honor ya los repartirá nuestro buen Padre Dios en el cielo, y serán para los que hayan sido capaces de aceptar como corona una hecha con el amor entregado, aunque esa corona esté trenzada con ramas de espino.

La madre de los Zabedeos, sin saberlo, estaba pidiendo lo mejor para sus hijos: seguir a Cristo hasta el final, y compartir su destino de cruz, pero también de gloria.

Un cordial saludo, hermanos.

Marcelino Manzano Vilches, pbro.
Párroco de Ntra. Sra. de la Asunción de Lora del Río

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