EVANGELIO DEL DIA Marcos 8, 11-13 En aquel tiempo, se presentaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo. Jesús dio un profundo suspiro y dijo: - «¿Por qué esta generación reclama un signo? Os aseguro que no se le dará un signo a esta generación.» Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla.
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REFLEXIÓN Toda la vida de Jesús, su modo de ser y proceder, era un milagro en el que podía descubrirse la presencia de Dios, pero sólo los de mirada limpia eran capaces de reconocerlo. Los fariseos le desafían y ponen como condición para creer en él que presente "un signo del cielo", un portento cósmico o apocalíptico, que acredite de forma contundente su condición de Enviado de Dios. Los fariseos no andaban desencaminados, porque tenían presentes los milagros de Moisés (el paso del Mar Rojo) o el de Josué (detener el sol en la conquista de Jericó), por ejemplo. A través de los siglos, muchos han caído en esa tentación farisaica: buscar y ofrecer selales asombrosas que hagan callar a los adversarios. Es una tentación que se produce en momentos de decadencia de la fe. El gran milagro que ofrece Jesús es su propia vida. Cristo marca el camino para que cada cristiano y cada comunidad cristiana predenten ante los hombres los signos que les acrediten como sus enviados y continuadores de su obra. Estos son los verdaderos signos del cielo, auténticos milagros en el mundo de hoy: la entrega por los pobres, el servicio de la caridad, la gratuidad como actitud, la confianza en Dios, no dejarse arrastrar por el consumismo ni por la cultura de la muerte, etc. etc. Esos son los milagros que asombran, signos que los cristianos podemos hacer perfectamente a poco que nos convirtamos y creamos de verdad en Cristo y en el Evangelio. Un cordial saludo, hermanos.
Marcelino Manzano Vilches, pbro. Párroco de Ntra. Sra. de la Asunción de Lora del Río |